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Así no | SinEmbargo MX

enero 23, 2021
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“Nadie puede negar que la esperanza se funda en esas ampolletas con unos cuantos mililitros”. Foto: Ginnette Riquelme, AP

Es probable que los sentimientos que más nos hayan embargado desde que inició la pandemia y sus progresivos confinamientos hayan sido la incertidumbre y el miedo. Al menos, para quienes sí creen que existe el virus y los riesgos que éste implica para la salud de todos.

Me resulta evidente que la progresión de la incertidumbre ha pasado a través de varias fases: desde la optimista del marzo de 2020, cuando pensábamos que el encierro iba a ser un asunto de semanas, hasta la desesperada, meses más tarde, cuando pudimos constatar todo el daño que ya había pasado y todo el que faltaba por llegar. Quizá la buena noticia que palió dicha incertidumbre llegó con el anuncio de la aprobación de las vacunas y los diferentes planes para su aplicación.

El miedo también ha tenido sus vaivenes. No siempre han ido acompañados de la incertidumbre pero a veces coinciden. La falta de información respecto a la letalidad del virus y sus formas de contagio, hizo que muchos se atrincheraran mientras otros, obligados por sus circunstancias, salían a la calle con temor. Como la costumbre suele hacernos bajar la guardia, pronto hubo muchos que descreyeron y otros tantos que prefirieron correr el riesgo a seguir con las medidas sanitarias mínimas para la prevención. Los picos del miedo han llegado ahora, cuando los reportes oficiales anuncian nuevos máximos de contagios y de muertes a diario, cuando cada vez experimentamos más de cerca las pérdidas. La noticia de la vacuna también ha ayudado a reducir ese temor.

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Nadie puede negar que la esperanza se funda en esas ampolletas con unos cuantos mililitros.

Pese a ello, el Gobierno sigue con su estrategia de ambigüedades. Mucho se ha dicho sobre el reclamo que debería hacer la población a la forma en que los encargados han manejado esta pandemia. Las cifras oficiales no cuadran con la realidad, se ha tomado a la ligera el asunto de la obligatoriedad del cubrebocas y hay ciudades en las que es imposible conseguir una cama o un tanque de oxígeno para un enfermo pese a que, durante las conferencias vespertinas, haya sonrisas y tonos esperanzados.

De ahí que sea muy difícil confiar en el plan de vacunación.

Casi todo el mundo coincide en que Trump ha sido el peor Presidente de Estados Unidos en las últimas décadas (incluso para los intereses de los propios norteamericanos). Antes de que se fuera, se habló de todo el daño que le hizo a la democracia y del peligro que entrañó durante las últimas semanas de su mandato, pues era capaz de provocar profundas heridas. Mientras eso se comentaba, se iniciaron las campañas de vacunación. La imagen ha sido contundente: cientos de automóviles haciendo fila en el estacionamiento de estadios deportivos para que sus ocupantes sean vacunados. Mientras eso sucede allá, aquí se habla de brigadas de una docena de personas recorriendo el país. Y es que es cierto, el Presidente de allá no funcionaba bien, pero el estado sí. Es decir, sus instituciones.

Acá no. Lo sabemos de sobra. También, que las instituciones no se construyen en un sexenio sino a lo largo de varias décadas. Eso sí, se pueden destruir muy rápido.

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Cuando menos un año más, dicta el plan de vacunación vigente para nuestro país hoy en día (incluso con esa nueva mentira que asegura que empresas privadas podrán comprar vacunas desde ahora pues eso no se puede hacer en ningún lugar del mundo). El problema es que no sabemos cuántas vacunas hay, cómo se van a configurar las filas para tomar turno, en qué sistema se tendrá el registro para saber qué vacuna se le puso a qué persona, cómo se decidirá cuál de las diferentes marcas le tocará a cada quien y un montón de datos más con diferentes niveles de relevancia.

La verdad es que es difícil confiar. Y, a diferencia de otros momentos, otros procesos, otras injusticias y otros malos manejos, cada día perdido implicará más muertos y más golpes a la economía. Ojalá, por el bien de todos, esto no termine convirtiéndose en un eslabón más de una cadena de negligencias criminales.

Mientras tanto, el miedo y la incertidumbre persisten.



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