Claudia López, la candidata gay que quiere hacer historia

La centroizquierdista Claudia López, quien encabeza todas las encuestas de las elecciones para la alcaldía de Bogotá, aspira a convertirse en la primera gobernante de origen humilde y abiertamente gay de una capital latinoamericana y en hacer una gestión tan buena que la proyecte a la Presidencia de Colombia.

BOGOTÁ.- Con sólo cinco años en la política, la exsenadora centroizquierdista Claudia López considera que tiene altas posibilidades de ser electa alcaldesa de Bogotá el próximo 27 de octubre. La ventaja de más de 10 puntos que le lleva al resto de los candidatos en todas las encuestas la convierte en la rival a vencer en la contienda por el segundo cargo de elección popular más importante de Colombia.

Ella está consciente de que su llegada a la alcaldía bogotana sería un hito en Latinoamérica por lo que representa para millones de personas que han sido excluidas históricamente de la política y de la sociedad por sus preferencias sexuales, por razones de género y por venir de abajo.

Ella es hija de una maestra y un comerciante de clase media baja; estudió con becas y créditos del gobierno hasta llegar a doctorarse en ciencia política en una universidad estadunidense; es una mujer que ha luchado con firmeza contra la intolerancia y la corrupción, y sus investigaciones sobre la narcopolítica han llevado a la cárcel a gente muy poderosa en este país.

Claudia, de 49 años, es abiertamente gay y su relación de pareja con la senadora Angélica Lozano es conocida por los colombianos porque –a diferencia de otros encumbrados políticos latinoamericanos– a ellas nunca les interesó ocultar su amor.

La adhesión que genera la candidatura de Claudia entre amplios sectores de Bogotá es un hecho político de interés nacional.

Y esto es así porque a la conservadora élite colombiana le resulta impensable ver como alcaldesa de la ciudad más importante de la nación a una mujer que tiene una pareja del mismo sexo, a la que le tuitea mensajes de amor y que es reconocida por su firmeza para denunciar los abusos y crímenes de los poderosos en un país donde ese arrojo puede costar la vida.

De hecho ya sobrevivió a un atentado y dos veces ha tenido que salir de Colombia, alertada por los organismos de seguridad sobre planes para asesinarla. Por lo mismo, vive protegida por varios escoltas y siempre se desplaza en camionetas blindadas.

La exsenadora y candidata a la alcaldía de Bogotá por el partido Alianza Verde es un personaje demasiado incómodo para la poderosa derecha colombiana, que está haciendo todo lo posible por evitar su triunfo.

Hasta el expresidente y senador Álvaro Uribe, líder del gobernante y ultraconservador partido Centro Democrático, se ha metido a hacer campaña contra ella y en favor del candidato de la derecha a la alcaldía de Bogotá, Miguel Uribe, quien además tiene el apoyo de todos los partidos políticos tradicionales y está gastando muchos millones en publicidad.

“Se están uniendo contra mí”, asegura Claudia, “y están consiguiendo mucha plata porque son los consentidos de los cacaos (los grandes empresarios) y de todo el establecimiento. Van a hacer campaña sucia y sé que esta campaña va a ser brutal, porque yo soy su enemigo”.

Lo que estamos viendo, dice a Proceso en entrevista, es la formación del bloque “Toconclau” (acrónimo de Todos contra Claudia).

La ventaja de la exsenadora es que Bogotá es la ciudad más liberal de Colombia y en la que más pesa el llamado “voto de opinión”, aunque nadie puede desdeñar el papel que juegan en cualquier elección los aparatos clientelares de los partidos tradicionales, todos los cuales respaldan la candidatura de Uribe.

–Aún con todo lo que juega en su contra, usted tiene grandes posibilidades de llegar a ser alcaldesa de la capital de Colombia –se le plantea.

–Sí –asegura–, hay un “Toconclau”, me van a hacer la guerra, pero todas las encuestas indican que tengo muchas posibilidades de llegar a ser alcaldesa y eso me ilusiona mucho. Sé que tengo posibilidades de ganar porque la mayoría de la sociedad colombiana es como yo, no son señoritos hijos de expresidentes; esa Colombia ya empezó a perder poder, sobre todo en las grandes urbes.

–Su eventual triunfo sería un acontecimiento en la política colombiana.

–Total, porque sería la primera mujer que llega al cargo de alcaldesa de Bogotá por elección popular, porque soy una colombiana hecha a pulso, fruto de la educación, porque vengo de una familia humilde que llegó a Bogotá buscando oportunidades, con una mano adelante y otra atrás, y que salió adelante trabajando.

Cara nueva

López ingresó a la política en 2014, cuando se postuló como senadora por la Alianza Verde, un partido de centroizquierda que congrega a exguerrilleros, dirigentes sociales, profesionistas, activistas humanitarios y ecologistas que, en general, representan una opción frente a partidos dominantes.

López y un puñado de congresistas se convirtieron en una respetada minoría parlamentaria que luchó por los acuerdos de paz y por una agenda social en favor de los pobres, las mujeres, las minorías sexuales, el medio ambiente y los derechos humanos.

Ella y Angélica Lozano fueron las principales promotoras de una consulta popular anticorrupción que se llevó a cabo el año pasado y que fue respaldada por más de 11 millones de electores, pese a lo cual se quedó a un punto porcentual de lograr el umbral.

La alta votación, sin embargo, hizo que algunas de las iniciativas previstas en la consulta –como la reducción de salarios a los congresistas, la prohibición de dar casa por cárcel a los corruptos y la obligatoriedad para que los funcionarios hagan pública su declaración de bienes– fueran al Congreso, donde las mayorías parlamentarias las han bloqueado.

La persistencia de López en tocar intereses políticos y económicos, que por lo regular no se tocan ni en este país ni quizás en ningún otro de Latinoamérica, la ha puesto en riesgos tan extremos que mientras fue senadora (2014-2018) cuatro de sus escoltas la debían custodiar incluso en el interior del Congreso, donde nunca se movía sin ellos por los pasillos. Ella sabía que algunos de sus colegas senadores habían estado implicados en las amenazas en su contra y dice que uno de ellos llegó a pagar para matarla.

A Uribe, un político temido por muchos de sus adversarios y que es investigado por la justicia por nexos con grupos paramilitares, la candidata a la alcaldía le dijo “sanguijuela” en una sesión del Congreso.

Esta determinación de Claudia para decir lo que piensa y para vivir de acuerdo con sus convicciones ha hecho que sus enemigos políticos la acusen de confrontativa, radical, insolente y hasta de transgredir “los valores tradicionales”, por su relación de pareja.

Presidencia en el horizonte

López sabe que si llega a la alcaldía de Bogotá y tiene una buena gestión, se convertiría en la mejor carta de la izquierda colombiana para aspirar a la Presidencia.

–¿Usted quiere ser presidenta de Colombia? –se le pregunta.

–Sin duda –dice sin rodeos.

–¿La alcaldía de Bogotá sería una antesala?

–No. Yo sé que todo en la vida requiere méritos. Nadie me va a regalar nada, lo que yo logre ser me lo voy a tener que ganar, paso a paso, demostrando que soy capaz de liderar, que tengo visión, carácter, empatía. Y he aprendido que lo único que existe es el aquí y el ahora. Por eso estoy concentrada en lo que estoy haciendo hoy y en que eso salga bien.

–Digamos que si todo le sale bien –se le plantea– usted podría ser la primera presidenta abiertamente gay en América Latina y eso es un dato importante, como lo fue la llegada de un indígena, Evo Morales, a la Presidencia de Bolivia, o la llegada de un afroamericano, Barack Obama, a la de Estados Unidos…

–Entiendo eso, pero lo relevante es que se suman muchas cosas. Sería la primera presidenta, si es que lo llego a ser, que es hija de una maestra, que viene de una familia humilde, que no es de la élite, que es de centroizquierda y que además es gay. Todo este conjunto sería una novedad. Pero por ahora quiero ser alcaldesa, realmente ese es mi objetivo.

Tuvo clara su orientación sexual desde la adolescencia, aunque se demoró mucho tiempo en comunicarla a sus padres, porque temía ser discriminada. Tenía como 20 años cuando habló con ellos de ese tema y ambos fueron “amorosísimos”.

Su mamá le dijo: “Mira, a mí me cuesta trabajo, es una realidad que yo no entiendo, pero quiero que tengas una cosa clara: ese es mi problema, tú no tienes ningún problema, entonces perfecto, no eres ni anormal ni tienes nada que explicarme ni hay nada de lo que te debas sentir preocupada”.

–Su relación con Angélica Lozano –se le plantea– es un tema en Colombia porque las dos son notorias en la política y combativas. Su relación de pareja refleja los cambios que se han dado en América Latina…

–No es un tema –ataja–. Angélica tiene su carrera política, está donde está por ella, lleva en la política muchos años más que yo, y digamos que todo este morbo que suele existir, como el que estás expresando ahora, es algo que ya pasamos. No es un tema ni una novedad. Es un hecho como que tú estés casado con alguien, es un hecho y ya, y no es un tema.

–Pero el amor es importante en la vida de la gente, y esta entrevista se trata sobre su vida. ¿Cuándo conoció a Angélica?

–Hace 10 años la conozco, pero nuestra relación comenzó después. Es un amor muy bonito, somos una pareja muy linda. Nos queremos y vamos a seguir juntas toda la vida.

Además de abanderar las causas de la inclusión y la tolerancia, Claudia quiere ser la alcaldesa de la equidad social. Dice que una de las tragedias de Colombia (que quiere cambiar) es la escasa movilidad social.

“Yo salí adelante en la vida”, asegura, “porque soy disciplinada, juiciosa y estudiosa, pero también por suerte, porque 70% de la vida de un colombiano promedio está condicionada por tres factores que no dependen de uno: de la región en que nació, del nivel educativo de sus padres y de la condición socioeconómica de la familia”.

En Colombia, dice, “parte de nuestras desgracias es que la mitad de nuestro territorio no tiene Estado, que un tercio de la población no tiene energía o agua potable y mucho menos empleo formal”.

Este reportaje se publicó el 11 de agosto de 2019 en la edición 2232 de la revista Proceso.

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