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Crónica sedentaria

Por: Avelino GÓMEZ

Como todas las ciudades, la nuestra también es inasible. Escapista de la memoria, Colima rehuye a permanecer fija en el recuerdo. Siempre se está moviendo. Y en todo caso esta ciudad no es una, sino muchas.

A principios de la década del 80 del siglo pasado, el escritor y poeta Efrén Rodríguez logró atrapar algunos destellos de amor y odio por esta ciudad escurridiza. En La casa de infinitas puertas (1983), un libro de cuentos que abreva en las vanguardias literarias de la época, Efrén Rodríguez hace que uno de sus personajes —un agente de ventas—   llegue a Colima a hospedarse al hotel Ceballos y ahí descubra, en el cajón de un mueble de la habitación, una carta de amor. En otra parte del libro, Efrén nos cuenta la historia de un niño que tiene el poder de destruir la ciudad con tan sólo reírse. Y le basta una carcajada involuntaria para destruir el “edificio de los ediles” donde, coincidentemente, sesionaba la “Sociedad para la Preservación de la Ciudad”. Por esta ciudad —parece decirnos Efrén Rodríguez— caminan el amor y la tragedia tomados de la mano.

En los 90, también del siglo pasado, la poeta Guillermina Cuevas escribe una poema, dedicado a Colima, que ya es un clásico. Empieza así: “De Colima me gusta el rumor, el mito y la leyenda, el aire limpio de las tardes, la aparente facilidad para alcanzar fama y fortuna, perpetuar la luz de un apellido”. En ese poema está el amor contradictorio que despierta la ciudad. Pero será en otro poema que Guillermina Cuevas atrapará —como se atrapa una mosca en un vaso— el relámpago pueblerino de Colima: “Yo no entiendo: busco una vida calmada y en Colima, mi pueblo, los enredos florecen, invaden la amistad, las pertenencias, las capillas, las tribus y las hordas”. Con todo, y de algún modo, Guillermina Cuevas enseña que es posible sobrevivir a las calamidades de esta ciudad, celebrando a la vez todas sus bondades.

Más festivo es el cantautor René Hernández quien, a finales de los 90, escribirá una canción por encargo: Donde Colima se ve (1999). Por casi una década, Donde Colima se ve fue la canción oficial del canal 11 (ahora 12). ¿Quién no recuerda la melodía, los coros y esos primeros versos?: “En la franqueza y la sonrisa, en la explosión de primaveras, en la preocupación sin prisa, entre los bosques de palmeras, ahí es donde Colima se ve”. Una década antes, René Hernández había escrito una canción —no por encargo, sino por mero gusto— al puerto de Manzanillo (Manzanillo, 1989). En esta otra canción, René Hernández pesca la ciudad natal en una letra que une lo festivo con lo nostálgico: “mi puerto es hogar de sueños y aventuras, de piratas, pescadores, duendes dueños de la luna (…) vuelan cometas en el Cerro de la Cruz”. Las dos ciudades de René, a pesar de estar geográficamente muy cercanas, en sus canciones son muy distantantes y hasta tienen un espíritu inverso: Colima es muy pueblerina y Manzanillo muy citadino.

Ya entrado este siglo, un joven poeta asumirá una responsabilidad casi tutelar con esta pinche ciudad llamada Colima. Carlos Ramírez Vuelvas (ahora Secretario de Cultura) gana el premio estatal de poesía en el 2002 con el libro Brazo de sol. Los dos primeros verso de ese libro son estos: “Escribo en nombre de esta ciudad / fundada en el quinto lustro del siglo mil quinientos”. Y más adelante leemos: “En nombre de esta ciudad, a la que ahora injurian tus hijos llamándola ramera enferma, enciendo estas palabras y las clavo en el pecho consternado de tu descendencia”. En sus versos, Carlos Ramírez intenta proteger a la ciudad de sí misma. Cómo José Emilio Pacheco, sabe que esta ciudad, su ciudad, en algún momento se va ir al carajo. “Te doy una palabra dulce, ciudad de rumor de carros”, le escribe Carlos Ramírez a Colima para asirla por alguno de sus bordes. Pero la ciudad es ingrata.

Años después que Carlos Ramírez, vendrá otro poeta a detener la ciudad en sus versos, pero esta vez para recriminarle. No faltaba más. Jorge Vega, aunque originario de Quesería, habrá de decirle a Colima lo justo. En Zafra (2012), un breve pero intenso poemario, Jorge Vega escribe: “Ciudad que flota en la bruma del XIX, de mujeres que callan, de niños empujando nubes calle abajo. / Ciudad que domestica con becas y homenajes la rebeldía de sus poetas”. La ciudad, nos dice Jorge, no corrompe, pero sí domestica, aturde. Ya desde antes de Zafra, Jorge Vega dejaba constancia, en sus crónicas, que la ciudad (cualquier ciudad) es como un espejo fragmentado, un hipnótico caleidoscopio citadino. Y atraparla es imposible.

Es la ciudad la que nos tiende la trampa. Y siempre caemos. Una y otra vez, caemos. Y, de tanto en tanto, nos sorprendemos diciendo: “de colima me gusta…”.















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