La corrupción y las nimiedades

la-corrupcion-y-las-nimiedades

No hay duda de que Donald Trump es corrupto. Todos los que tienen tres dedos de frente sabían que lo sería, aunque la escala de su avaricia, la fuerte probabilidad de que sus intereses financieros hayan deformado la política de seguridad nacional e internacional de EE. UU. ha asombrado hasta a los cínicos. Claro, el ejemplo que ha impuesto el estafador en jefe ha infectado a todo su gobierno.

No obstante, en mi caso, no me sorprende tanto el grado de corrupción entre los funcionarios de Trump, sino su mezquindad y que la mezquindad misma nos diga tanto sobre el tipo de gente que está gobernando en Estados Unidos.

Los miembros corruptos del Gabinete solían verse como Albert Fall, el secretario del Interior de Estados Unidos durante el gobierno de Warren Harding, quien estaba al centro del escándalo del Teapot Dome. Fall usó su oficina para asegurar contratos blindados de arrendamiento para dos petroleras y a cambio recibió más de 400.000 dólares en sobornos, bueno, más de cinco millones de dólares en los precios de hoy.

Ese es el tipo de corrupción que uno puede entender y hasta cierto punto respetar.

Los funcionarios corruptos de Trump, en cambio, se ven como Tom Price, quien se las arregló para perder su empleo como secretario de Salud y Servicios Humanos por tomar demasiados aviones privados con cargo al erario; Ryan Zinke, quien se quedó con el antiguo puesto de Fall en la secretaría del Interior y tiene un problema similar al de Price, pero con helicópteros y un hábito generalizado de usar fondos públicos para pagar viajes privados; Ben Carson del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano, con su vajilla de 31.000 dólares; y Steve Mnuchin, el secretario del Tesoro, a quien le gusta tomar jets militares, algunas veces para lo que parecen ser vacaciones privadas.

Además está el príncipe de las prestaciones: Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental, cuya lista de las nimiedades que se regala incluye de todo, desde plumas fuente personalizadas, hasta decirle a un asistente que adquiriera un colchón usado, y un intento para servirse de su cargo a fin de asegurar una franquicia de la cadena de restaurantes Chick-fil-A para su esposa.

Una de las cosas que me asombra de inmediato sobre estas historias es que todos estos funcionarios fallan la ‘prueba del malvavisco’: el famoso, aunque controvertido, experimento psicológico en el que se les dice a los niños que les van a dar dos malvaviscos si pueden esperar unos minutos antes de comerse uno que tienen frente a ellos.

Piénsenlo: si eres miembro del Gabinete dispuesto a estar al servicio de intereses especiales —para permitir que las corporaciones obtengan ganancias de terrenos públicos, que los contaminadores envenenen el aire y el agua— un par de años de comportamiento prudente te pondrán en una carrera futura extremadamente lucrativa como cabildero. Consideren lo débil que debe ser su autocontrol si están dispuestos a poner esa enorme compensación en riesgo y todo por un colchón usado.

Sin embargo, el arco descendente de corrupción desde el Teapot Dome hasta Chick-fil-A no solo nos habla de la inmadurez de los funcionarios de Trump, sino que además es un atisbo a lo vacío de sus almas.

Hace tiempo, Tom Wolfe escribió un memorable ensayo sobre lo que realmente motiva a muchos hombres poderosos. No tiene que ver tanto con el gusto por las cosas más finas; la verdad es que los aviones privados no son tan cómodos y me aventuro a decir que la mayoría de la gente que bebe botellas de vino de 400 dólares no notaría la diferencia si le sirvieran una de veinte.

Más bien, se trata del placer de ‘verlos saltar’, de observar a la gente humillarse, desvivirse, cumplir sus caprichos. Se trata de sentirse más al hacer que otra gente se sienta menos.

¿Acaso esto no explica todo lo que Pruitt hace? Lo absurdo de sus demandas es una característica, no un error: tengo mis dudas sobre si realmente usa su cabina telefónica a prueba de sonido de 43.000 dólares, pero con toda seguridad le complació hacer que su personal ‘saltara’ para dársela.

¿Por qué el gobierno de Trump está lleno de estafadores de poca monta? Claramente, toman el ejemplo de su jefe, quien se distingue por disfrutar la zalamería y humillar a sus subordinados, hasta llegar a los funcionarios. De hecho, sospecho que muchos de sus funcionarios participan en lo que alguna vez vi descrito como “ciclismo”: inclinarse ante los de arriba mientras se pisotea a los que están abajo.

Me ha sorprendido lo mucho que Trump ha apoyado a funcionarios como Pruitt que son sorprendidos abusando de su puesto por nimiedades, a pesar de la mala prensa. Claramente, no ve nada de malo en lo que hacen; es lo que él haría, y, de hecho, hace.

Así que, como dije, nos gobiernan hombres con almas pequeñas y vacías. ¿Importa?

En un sentido directo, no realmente. Hay motivos para afirmar que la avaricia de Trump está haciendo un enorme daño, pero las pequeñeces con las que sus funcionarios han estado estafando a los contribuyentes son triviales comparadas con las enormes cosas que están haciendo para empeorar Estados Unidos: debilitar los servicios médicos, la protección ambiental, la regulación financiera y más.

No obstante, en un sentido más profundo, la corrupción menor y las políticas crueles y destructivas en efecto están vinculadas. Los hombres que ven un puesto gubernamental de alto mando principalmente como una licencia para darse la gran vida, actuar como mandamases y obligar a sus empleados a que actúen como sus sirvientes personales muy probablemente no se preocupan mucho por servir a los intereses públicos.

No necesitamos un gobierno de santos; la gente puede tener defectos (¿quién no los tiene?), pero a pesar de eso actúa bien. Sin embargo, un gobierno compuesto casi en su totalidad por gente mala —que es lo que tenemos ahora— sin duda va a gobernar mal.

Advertisements