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4T

Los justicieros de la 4T

septiembre 7, 2020
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#Los #justicieros

El fin justifica los medios. Esta frase, atribuida a Maquiavelo, forma parte de todos los justicieros. La injusticia, que saben mirar y denunciar en otros, se vuelve en ellos necesidad por la nobleza del fin. Donde hay un justiciero habrá siempre un transgresor que se exculpa y un perseguidor. El jesuita Baltasar Gracián (s. XVII) lo expresó con la claridad que siempre le fue propia: “todo lo dora un buen fin, aunque lo desmientan los desaciertos de los medios”.

López Obrador y mucha gente allegada a él pertenecen a esa estirpe. Lo sabíamos, pero quedaron exhibidos en esa guerra de lodo mediático que el presidente y la oposición desataron con los videoescándalos.

Lo que vimos en uno y otro fueron actos graves de corrupción que merecen ser investigados y castigados a fondo. Pero para los justicieros de la 4T eran de índole distinta. El primero –dinero entregado por el gobierno de Peña Nieto para corromper legisladores–, un acto criminal contra México; el segundo –dinero entregado a Pío López Obrador mediante un operador del gobierno de Chiapas para financiar la campaña política de AMLO–, un acto de patriotismo.

Sin ningún sentido ni de la proporción ni del pudor llegaron a analogar ese hecho deleznable con el del apoyo de Leona Vicario al movimiento independentista. Ni David León es Leona ni Morena en ese momento era un movimiento legítimo como el zapatismo de Chiapas, sino un partido político ya constituido y sometido a las reglas de la democracia.

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Lo que aterroriza de los justicieros no es la injusticia que denuncian, sino la que justifican en nombre del bien. Bajo esa lógica, la justica que persiguen termina siempre en linchamiento, una forma de la venganza.

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En nombre de ella, Robespierre, El Incorruptible, no dejó de accionar la guillotina, y ese hombre de moral intachable, que fue el Che Guevara, justificó ante la ONU la ola de juicios sumarios y fusilamientos con la que el régimen revolucionario cubano cimentó su triunfo.

Ni AMLO ni sus correligionarios tienen la altura moral de Robespierre o del Che –las historias de algunos de ellos forman parte de la corrupción del país, que acertadamente denuncian en otros-. Tampoco sus acciones criminales se parecen a las de ellos. Erigir patíbulos hoy es políticamente incorrecto.

Pero en su accionar se parecen. Ni AMLO ni sus epígonos necesitan llevar a los criminales a cadalsos y paredones reales. Bastan los patíbulos virtuales que fabrican los medios. Ellos permiten, al mismo tiempo, disculpar la corrupción propia en nombre de la causa y asesinar moralmente al enemigo, descuartizarlo en la pantalla pública y cimentar el poder sobre el desprecio.

Con ello, la verdad y la justicia se pierden, pero se satisface el rencor de los resentidos. “Nadie gobierna impunemente”, gritó ese otro gran puritano que fue Saint-Just ante la cabeza de Luis XVI.

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No es que me niegue a ver a los criminales de este país comparecer ante la verdad y la justicia. Desde hace 10 años nos hemos empeñado en eso. Por ello, pedimos a AMLO una política de Estado basada en la Justicia Transicional, con mecanismos extraordinarios de verdad y justicia.

Una política que juzgara, a la luz de la verdad y la justicia, no sólo a un grupo de corruptos, sino los vínculos de esos y muchos otros más con el crimen organizado, y la muerte y desaparición de franjas inmensas de personas. No quiso. Aceptarlo, ahora lo entiendo, significaba llevar también ante el tribunal de la verdad y la justicia a una buena parte de la 4T.

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Es más simple el justicierismo. Permite mantenerse impoluto y castigar a los traidores de la patria exhibiéndolos públicamente sin que nada cambie. ¿Quiénes son? Los que gobernaron en el pasado, los conservadores, los fifís, aquellos que en una analogía y un anacronismo tan desacertado como el que comparó a David León con Leona Vicario, son, en la épica imaginaria de la 4T, los Maximiliano, los Tomás Mejía, los Miguel Miramón de hoy. Lo son también aquellos que, culpables o no, han sido decretados enemigos de la causa.

Protegidos con el manto de las grandes ideas y las grandes causas, los justicieros no buscan la justicia, sino la venganza, el regodeo en el sadismo, el gozo en la humillación del inmoral, del maldito.

Más cerca de los reality shows estilo Laura Bozzo o de los ajustes de cuentas entre criminales, los justicieros se extasían con la humillación pública del traidor. Jamás dirán que ajustan cuentas con alguien que les desagrada, como con Rosario Robles. Lo hacen porque con ello salvan a la República de quienes la destruyeron o confabulan contra ella; jamás dirán que se les exhibe y humilla para exculparse a sí mismos y ganar en poder, sino porque se está haciendo realidad la justica del pueblo y gestando una gran transformación.

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El saldo, además de un gran lodazal que nunca llevará a la justicia, son 300 mil asesinados, más de 74 mil desaparecidos, una cifra creciente de muertos por covid-19 que avanza hacia los 100 mil muertos, una economía destrozada y una impunidad que no cesa.

La gran equivocación de los justicieros, dijo Gandhi, “es creer que no hay ninguna relación entre el fin y los medios. […] Entre el fin y los medios hay una relación tan ineludible como entre el árbol y la semilla […] Se recoge exactamente lo que se siembra”.

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Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

Este texto forma parte del número 2288 de la edición impresa de Proceso, publicado el 6 de septiembre de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí



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