Ovejas negras

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El director y guionista chileno Sebastián Lelio (1974, Santiago) debuta en el cine anglosajón con otra historia sobre mujeres a las que la vida les pone una difícil prueba. Solo que ahora, además de cuestionar sobre la siempre compleja naturaleza humana y su relación con el también complejo entorno social, se le suman el descubrimiento de un despertar sexual tardío, las a veces funestas consecuencias del amor, la relación que personalmente llevamos con la fe, la pasión y eso que, a falta de un mejor nombre, acabamos llamando penitencia; y nuestra capacidad de lidiar con esa ilusión de una libertad individual que a veces queremos mantenemos a toda costa y casi siempre sin mediar en sus consecuencias.

El escenario es una conservadora comunidad judía ortodoxa londinense. Los personajes centrales son Esti (Rachel McAdams), su esposo Dovid (Alessandro Nivola) y Ronit (Rachel Weisz). Ronit, hija de Rav (Anton Lesser), líder espiritual de la comunidad; trabaja como fotógrafa en Nueva York. Su espíritu libre hizo que desde joven se alejara de dicha comunidad. Solo que ahora, debe volver pues se entera que su padre ha muerto y siente que hay cosas que deben “cerrarse”. Y aunque se le permite regresar e interactuar con los miembros, su presencia claramente incomoda a muchos. Ella no solo dejó a su familia atrás, sino que renunció a su fe y, al parecer, de los dos ese último es el peor abandono. Ella es esa oveja negra que ha regresado al rebaño. Y con su regreso, Ronit se entera que sus dos amigos de infancia, Esti y Dovit, ahora son marido y mujer. Lo que nadie sabe es que siendo jóvenes, las dos mujeres comenzaron una relación que acabó siendo la principal razón por la que Ronit decidió irse. Y ahora, ya adultas, esos sentimientos regresan. Y con ellos viene el peso de los años y de las experiencias individuales. Y aunque las consecuencias de dejarse llevar por eso que sienten son obvias en ese entorno, ¿qué pueden hacer ante eso que sienten, eso que las gobierna, eso que son?

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Adaptación de la novela de Naomi Alderman, con un guion escrito tanto por Lelio como por Rebecca Lenkiewicz, Desobediencia (2017, Irlanda, Inglaterra y Estados Unidos) resulta una experiencia en la que el término “contemplativo” alcanza un nueva definición. Gracias al trabajo tras la cámara de Danny Cohen, se logra conjuntar una solemne atmósfera perfecta para el lado espiritual de la trama, con otra tensa que nos muestra el lado humano. Sí, vaya que aquí solo somos meros espectadores de cada una de esas decisiones que ese par de almas en conflicto realizan. Y claro, a veces las comprendemos bastante bien y aceptamos que todo lo que vemos simplemente debía pasar. Las animamos a seguir, luego queremos decirles que se detengan. E igual comprendemos que no se puede hacer nada más. Ellas viven dentro de la pantalla, nosotros fuera. Pero, obvio, jamás nos engañamos: quizá la mayor afrenta no sea darle la espalda a Dios o a tu familia o a tus creencias, sino a eso que siempre has sentido. Eso que siempre has sido. Eso que siempre ha comandado a tu corazón.

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