Toledo en el MAM en 1980 – Proceso

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El 17 de marzo de 1980, la crítica de arte Raquel Tibol reseñó ampliamente para Proceso (No. 176) la primera exposición del artista juchitecto Francisco Toledo, en el Museo de Arte Moderno. Se reproduce enseguida:

Por primera vez el Museo de Arte Moderno de Chapultepec dedica dos de sus salas a mostrar la obra de un solo artista. Se trata de la gran exposición retrospectiva de Francisco Toledo (39 años de edad), donde se ha reunido muchísimo, pero no todo (faltaría bastante) de lo producido por este gran elaborador de objetos artísticos entre 1963 y 1979: 66 óleos, 17 técnicas mixtas, 88 gouaches, 11 acuarelas, 19 dibujos, 48 aguafuertes, 28 esculturas en bronce y otros materiales, 23 cerámicas, tres litografías, cuatro grabados en madera y dos mixografías. Sólo faltaron los tapices tejidos con su fraternal vigilancia en Teotitlán del Valle.

Debido al hermetismo de Toledo, poco se sabe de su vida y antecedentes, por eso considero oportuno, para redondear el acontecimiento cultural que esta exposición significa, rescatar una pequeña nota que redacté hace 19 años para la sección “La cultura en México”, de la revista Política (julio 15, 1961): “Un artista mexicano muy joven está obteniendo auténticos triunfos en París. Se trata de Francisco López Toledo, de 20 años, oriundo de Juchitán, Oaxaca, quien inició sus estudios con Arturo García Bustos, en la Escuela de Bellas Artes de aquel estado. Después de pasar dos años en Minatitlán, su familia lo mandó a la ciudad de México, recomendado con el pintor Roberto Donís. Este lo presentó con el marchand Antonio Souza, quien organizó con mucho éxito una exposición de sus acuarelas. Marcha a Roma y, después de azarosa estancia allí, alentado por Elvira Gándara se dirige a París. Encuentra a Tamayo, que admirado de su talento decide brindarle apoyo. Varias son las exposiciones que con éxito definitivo ha organizado”. Ninguno de estos datos –todos ellos dignos de consideración– figuran en la fichita biográfica incluida en el catálogo. Al no mencionar a maestros, colegas y otras personas que contaron en su desarrollo, Francisco Toledo aparenta una soberbia autosuficiente. Algo similar debe apuntarse en las fichas correspondientes a obra gráfica y cerámica. No basta dar créditos generales. Es de elemental honestidad compartir la autoría específica de cada pieza con esas otras manos de cuyo oficio y eficiencia dependen calidades propiamente artísticas. ¿Cuáles son concretamente los grabados en los que intervino Mario Reyes? ¿Cuáles las cerámicas en las que participó Hugo Velázquez y en cuáles Díaz de Cosío?

Ante la extendida, gozosa y desparpajada fiesta de apareamientos, danzas, enmascaramientos y erizamientos que es la exposición de Toledo, no puede dejar de consignarse el también extendido éxito sin fronteras de su obra. En Nueva York, París y sobre todo aquí, en México, muchos miembros de la clase con poder adquisitivo se disputan con pasión las piezas de Toledo que salen al mercado. Bastó que la Galería de Arte Mexicano anunciara para el 18 de febrero pasado la venta de 60 gouaches hechos por Toledo en 1965 y que habían quedado en manos de Bona, amante parisina y mediocre pintora, para que los coleccionistas (expertos o novatos) se lanzaran a la compra entre zancadillas, sombrerazos, gritos de histeria y agrias discusiones. La sustancia complaciente y conformista contenida en el paraíso o en el Tlalocan fornicatorio y ceremonial del juchiteco posee hipnótico atractivo para quienes quieren sentir estímulos sin cargar problemas, o emocionarse desde la “normalidad” con deliciosos jardines de “amoralidades”. Me preguntaba alguna vez y ahora lo repito: ¿Quién se atrevería a mostrar en pantallas de cine de arte que no de cine pornográfico, imágenes equivalentes a las que Francisco Toledo implanta con frecuencia en grabados, pinturas, esculturas? Si las imágenes por él inventadas entraran en movimiento, los mismos que hoy lo coleccionan orgullosa y gozosamente, levantarían voces de protesta en defensa de la paz pública y el pudor de las familias. ¿O acaso el propio Museo de Arte Moderno no ejerció hace apenas unos meses drástica censura en contra de los magníficos dibujos del puertorriqueño Miguel Ventura por sus referencias en imágenes y palabras al éxtasis de la homosexualidad? Con socrática elegancia Miguel Ventura llamaba a las cosas por su nombre, sin encubrimientos, mientras que en la obra de Toledo hay un almíbar visual que le quita a sus imágenes sustancia ofensiva para la moral en boga. Los colores, los enjambres de rayas, las telarañas de líneas, la irrealidad de sus figuraciones desactivan sus desenfados y los convierten en pictogramas ingenuos y fantasiosos, con una malicia elemental y primitiva, desprovista del pudor del adulto.

El bestiario de Toledo, dentro del cual quedan inscritos también seres semihumanos, parecieran carecer de sociabilidad. El instinto sexual, como una determinación monstruosamente irracional, es lo único que los impulsa, sin posible intervención de la voluntad, al agrupamiento, a la agresión, a la transfiguración. Los animales, a veces humanizados al través de gestos o atavíos, tienen rostros; los seres semihumanos tienen máscaras, no diabólicamente expresivas como las quechuas de Bolivia, sino graciosamente ornamentales como suelen serlo algunas del estado de Guerrero, o del Lejano Oriente o de África. Inclusive en los llamados “Autorretratos” (hay cuatro de ellos en la exposición del MAM) Toledo no se representa de manera realista sino como el brujo o el iniciador de los fornicadores.

Donde el duende africano asoma con más fuerza es en las esculturas, sean éstas de bronce o de partes de cangrejos o tortugas. Hay más sentido creativo en Toledo para la forma en escultura que en cerámica. En éstas no sobrepasa la forma plato o la forma bola, enriquecidas con texturas y colores, para los que Toledo posee una iniciativa ilimitada, normada por un instinto de necesaria armonía. En las pequeñas esculturas en bronce lo que es anécdota en la pintura se vuelve más rotundo y hasta con un tono de totémica austeridad.

En la gráfica los resultados dependen de los talleres en que han sido trabajadas las series. Por la selección presentada en el MAM no podría afirmarse que Toledo se encuentra entre los artistas gráficos mexicanos de más alto rango. No logra en las diversas técnicas una voz propia de los materiales, ni sus iniciativas en tonalidades y entintamientos sobrepasan lo pedestre.

Este abundante conjunto retrospectivo permite apreciar hasta qué punto el universo de Toledo es eminentemente acuático y animal. Lo vegetal tiene una mínima y secundaria participación en su fabulario visual, donde las grandes estrellas son las iguanas, los cangrejos, las vacas, los toros, los gatos, las abejas, las gallinas, las tortugas, caballos, los chivos, los peces, las serpientes. Y hablando de peces, quien tecleó la cédula del cuadro (propiedad de Olga y Rufino Tamayo) “Pescados llamados verga”, púdicamente suprimió las dos últimas palabras.

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